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Cuarentena

Estoy escribiendo este titular desde el inmenso y a la misma vez pequeño escritorio de mi habitación. Desde hace tres días, este pequeño rincón se ha convertido en mi oficina, en mi cine, en mi sala de juegos, en mi rincón de lectura y como siempre ha sido, en mi deleitoso lugar de escritura. En cierta parte, me parece impetuoso utilizar la palabra cuarentena. Pero es así, la mayoría de los españoles estamos viviendo una situación de aislamiento, supuestamente voluntaria, pero realmente obligatoria. Que la mayoría de las personas se estén quedando en casa me haría llegar a creer un poquito más en los valores de nuestra sociedad sino fuera por las escenas que se ven provenientes de supermercados. Decenas de vídeos en los que más que personas se ven personas con impulsos animales peleándose por paquetes de papel higiénico circulan por las redes. Y aún a sabiendas (o es esa la esperanza que mantengo) de que la mayoría de las personas no actúan así, son imágenes que potencian mi preocupación.

Viandantes con mascarillas horas antes de que se prohibiera el libre tránsito en España.

Hay tantas cosas de las que hablar que no sé por donde empezar. Lo que si sé desde hace días es que no me puedo mantener callado. Sería matarme a mí mismo, pues es en este rato de la tarde que alineo estas palabras que siento que se renueva el aire que respiro. Quizás no esté preocupado. Simplemente, abrumado. Desde luego que siento que desde mi ventana estoy mirando hacia un momento insólito de nuestra historia. Nos encontramos en una emergencia sanitaria de las graves, de las que obligan a cerrar un país entero con todo lo que ello conlleve.

 Hace más de un mes leía a diario lo que escribía el corresponsal del periódico nacional “El País”, Jaime Santirso. Cuando leía sus noticias sobre la situación en China y su viaje de vuelta a España, no llegué a pensar que aquí podríamos llegar a vivir una situación mínimamente parecida. “Yo tampoco. Mucho ánimo, Julio César.” -me respondía él mismo cuando le comentaba lo mismo por Twitter. No sé cuántas cosas habremos hecho mal para llegar a esta situación aquí, pero desde luego que no quiero culpar a nadie. Estaría haciendo uso de una hipocresía digna de estudio, pues mi opinión también gritaba que no estábamos ante un problema grave. El tiempo lo pone todo en su lugar, y en este caso ha puesto a millones de personas en cuarentena, y a mí, me ha puesto en mi sitio, demostrándome que estaba equivocado al infravalorar lo que estaba sucediendo. Aún así, sigo estimando que la histeria colectiva es otra enfermedad que parece estar presente entre nosotros y debe curarse.

Esto verdaderamente me comenzó a preocupar cuando me di cuenta de que andaba cerca, más concretamente cuando comenzaba a hacer estragos en Italia. Europa comenzó a hundirse poco a poco. Cada día leía una noticia peor que la otra, ya no solo a términos de salud: una cláusula que entraba de lleno en la firma del contrato de entrada del Coronavirus en el viejo continente era el hundimiento de la economía. Espero no ser el único ciudadano al que verdaderamente le preocupa, y mucho, una desaceleración económica. Hoy puedo decir que ésta es real. Países en los que todos los negocios están cerrados, el sector del turismo hundido y la mayoría de los habitantes sin salir de casa. Un autentico desastre. No hemos tardado en ver quiebras de empresas, Expedientes de Regulación de Empleo, y las bolsas de todo el mundo desplomadas. Estamos, ahora mismo, en una situación muy mala. Pero también creo que cuando salgamos de esta seguiremos estando en una situación crítica. Esta vez toca a los políticos trabajar. Y mucho.

Por delante me quedan todavía unos once días más de cuarentena, realizando tareas que me han mandado algún que otro profesor, leyendo mucho e informándome desde mis pocos metros cuadrados sobre lo que sucede y las medidas que se toman para prevenir o para curar. Admiración hacia todo el personal sanitario que está trabajando en los colapsos de la sanidad. Volveremos a informar.

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