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Un aeropuerto, un grupo de magrebíes y un periódico

Luce vacío el aeropuerto de Gran Canaria. Lo habitual sería, en fechas señaladas como este puente de diciembre, infinitud de movimientos y vuelos. Pero no es el caso. Tras mi espalda queda un control de seguridad sin pasajeros, con más de ocho trabajadores que no tienen a nadie a quien hacerle el propio control de seguridad. Me paseo por la terminal del aeropuerto en busca de una tienda donde poder comprar el periódico. «Perdona, ¿tienes prensa?» —pregunto en el Duty Free. Me responden que no, que al final de la terminal, a mano izquierda. Allí voy.

Foto de archivo | Entrada Aeropuerto de Gran Canaria

Por el camino me cruzo con varios grupos de magrebíes. Son, sin duda alguna, grupos de personas que han llegado a Gran Canaria a través del mar, en patera o cayuco. Es entonces cuando, al mirar en una pantalla la puerta de embarque de mi vuelo, coincido con varios de ellos. Veo que no entienden lo que pone en la pantalla. Imagino que no saben ni español, ni inglés, ni alemán, que son los idiomas que se muestran en las pantallas aeroportuarias españolas. Intento ofrecer mi ayuda: «¿Tu parles français?» —le digo a uno de ellos. No sabe. Se da cuenta de que estoy tratando de ayudarle y, con gestos sonrientes ocultos tras una mascarilla, me enseña su billete. Vuelan hacia Valencia con Ryanair en un vuelo al que todavía le quedan varias horas para embarcar.

Quiero explicarles la situación, pero no sé cómo hacerlo. De repente, se me ilumina la bombilla. «¿Arabic?» —pregunto. Él asiente. Saco mi móvil. «Espera un segundo» —le digo, como si pudiera entenderme. Abro el traductor y comienzo a escribir. Trato de explicar que su vuelo no tiene aún puerta de embarque asignada porque todavía le quedan varias horas, que tendrán que esperar y que podrían hacerlo en esos mismos asientos que habían delante. Que estuvieran atentos más tarde para ver el número de la puerta. Le doy a traducir a árabe y aprieto sobre el botón de reproducir. Una voz femenina comienza a hablar un sublime árabe a través de mi móvil. A todos ellos se les abren los ojos, imaginen la escena. «Gracias, amigo» —me responde uno de ellos, ahora sí en español. Sus ojos parecían cansados. Cada uno de ellos lanzaba al aire su dedo pulgar.

Una acción tan inocua para mí pareció ser la alegría del día para ellos. Y es una pena. Una pena pensar en los discursos de odio que escucho a diario. Esos que hablan barbaridades de ellos, basados en falsas creencias. O incluso en los que aluden a muros, vallas, barcos militares o tiros, incluso. La realidad es que, mientras África siga pasando hambre, no habrá para ellos muro alto que saltar o valla que corte. Ardua travesía por mar o peligro de muerte. Los pueden devolver, claro está. Pero no les queda nada más que intentarlo. Imaginen la motivación del que nada tiene que perder y mucho que ganar. Del que sabe que a su familia no volverá a abrazar. 

Al final llego a la izquierda del final de la terminal. Hay un quiosco que tiene la persiana ligeramente bajada. «Perdona, ¿tienes prensa?» —pregunto. «Lo siento, ya cerré» —me responden.

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